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Caracas, 15 de febrero de 2017.– Tambores de guerra están sonando contra los medios de comunicación. Están nuevamente en el frente de batalla, por su poderosísima capacidad de construir, visibilizar, esconder, negar o destruir aquello que llaman verdad. El candente debate no está ocurriendo en un país latinoamericano contra alguno de sus medios, tradicionalmente en manos de las rancias burguesías criollas, evidentemente inclinadas a proteger a sangre y fuego sus privilegios de clase. No. La batalla se está dando en Washington DC, en plena capital del propio imperio norteamericano, magnánimo defensor de las libertades (pañuelos, por favor).

Quien dirige la guerra es el mismísimo Donald Trump, su flamante presidente. Su verbo encendido se ha desatado con furia en contra de casi todas las grandes cadenas norteamericanas de televisión y prensa escrita. A tótems sagrados como CNN, The New York Times y el Washington Post los ha coleteado hasta el cansancio por difundir, según su criterio, “noticias falsas” o tergiversadas.

El día de su toma de posesión, Trump soltó sin desperdicio alguno que “Los periodistas y los medios están entre los seres humanos más deshonestos del planeta”. Toda una diatriba por la concurrencia de las “masas” a su toma de posesión, la cual estaban comparando con la de Obama. Si estos señalamientos contra los medios los hubiera hecho cualquier presidente progresista latinoamericano, ya lo habrían presentado esposado frente a las llamas de las hogueras de la santa inquisición moderna, representado por los agentes de la derecha en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) o del “sindicato” de propietarios de medios agrupados en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

Por cierto, en la página de la Sociedad Interamericana de Prensa (http://www.sipiapa.org), no hay ni una sola referencia de los ataques a los medios y periodistas norteamericanos por parte del presidente Trump. Tampoco elevan su protesta por los inclementes ataques en contra la comunidad latina, tanto por las amenazas de deportaciones masivas, como con el tema del muro en la frontera con México. Eso sí, sale una esplendorosa nota de prensa (con foto a todo color del protopuber de la familia Zuloaga, Guillermito. 10-02-2017) que muestra a una ruborizada y orgullosa SIP recibiendo en su sede de Estados Unidos a “funcionarias del Departamento de Estado de Estados Unidos”, donde amenamente “conversaron sobre las políticas del Departamento de Estado y de la situación de la libertad de prensa en varios países de la región”. Nada hablaron de Trump y sus amenazas a la libertad de prensa en el seno del imperio. Son unos rufianes, peseteros e inmorales.

Volviendo a Trump, las diatribas con los medios son diarios e implacables. El propio jefe de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, no tuvo tiempo para la luna de miel y desde el primer día que se paró en la sala de prensa soltó que “Los medios están malinterpretando las imágenes y utilizando datos pocos claros”. Las acusaciones incluyen referencias a la difusión de “hechos alternativos”, pero absolutamente todos los epítetos y términos utilizados en esta trifulca van en el mismo sentido, reflejan la “Erosión de la credibilidad de los medios” y el “desprecio por la libertad de expresión”.

El verdadero debate está en los límites de la libertad de expresión, en la forma cómo se generan o fabrican los contenidos y en la manipulación de los flujos de información. Los grandes medios son corporaciones privadas que responden a los intereses económicos, políticos e ideológicos de sus propietarios. En estas manos inescrupulosas, la verdad o los hechos, hace rato que sucumbieron ante la tentación de construir, modelar o generar tendencias o matrices de opinión que solo reflejen los exclusivos intereses de dichas corporaciones. Esto lo sabe bien el magnate Trump, porque tiene años aplicándolo.

Recordemos que la verdad, del latín verĭtas, significa: “Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente; Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente; Cualidad de veraz; realidad (existencia real de algo)”. Sin embargo, ya se habla de que Trump quiere imponer una nueva terminología a los grandes medios y al mundo: la “posverdad”, informaciones que parecen y se “sienten verdaderas, pero no se apoyan en la realidad”. Increíble. Esto es extremadamente peligroso porque en la era digital, con infinitud de redes y formas de comunicarse, la información fluye indetenible, así que cualquier mentira terminará siempre convirtiéndose en una contundente verdad (recordemos a Orson Welles en La Guerra de los Mundos).

No olvidemos la gran estafa mediática del año 2003, cuando CNN transmitió en vivo la invasión contra Irak. Posteriormente se descubrió que los ataques fueron justificados en base a mentiras y algunos ataques fueron montajes preparados por el gobierno norteamericano con actores de televisión (nunca aparecieron las tan mentadas armas de destrucción masiva). Cuando lo importante es justificar sus atrocidades ante la opinión pública, la verdad se va relativizando, para dar paso a temerarias versiones de los hechos, siempre alejadas de la realidad y a conveniencia del imperio agresor.

Con Trump la construcción de verdades, medias verdades y hasta inocultables mentiras, no solo se mantendrán, sino que se incrementarán y se formalizarán. La “posverdad” llegó para quedarse. Ya lo predijo el cineasta Michael Moore al presentar su película Trumplandia (2016): “Este tipo miserable e ignorante, payaso a tiempo parcial y sociópata a jornada completa, va a ser nuestro próximo presidente”. Que Dios proteja a América.

Richard Canan

Sociólogo

@richardcanan